
¿Estamos solos en el Universo?
Este es uno de los grandes interrogantes que aún hoy se sigue planteando, como hace siglos, el ser humano. Aún no sabemos si hay vida ahí afuera o, en el caso de que la haya, si seremos capaces de encontrarla algún día. Un sencillo cálculo de probabilidades nos dice que las condiciones geológicas, físicas y químicas del Planeta Tierra deben también haberse dado en algún otro lugar del Universo. Hablamos de un número estimado de unas 1023 estrellas, con aún más planetas a su alrededor. Sin embargo, a pesar de que la estadística nos lleva a pensar que debe haber más lugares en los que la vida haya surgido, seguimos por ahora sin encontrarlos.

Composición química del cuerpo humano (OpenStax College)
La vida que nosotros conocemos está basada en las moléculas orgánicas, en la química del carbono, y no sabemos si se podrían desarrollar otros tipos de vida con otra estructura. Pero sí es cierto que los elementos químicos más abundantes en el cuerpo humano (Oxígeno, Carbono, Nitrógeno, Hidrógeno...) son también los más abundantes en el Universo (además del Helio), por lo que no parece faltar la materia prima necesaria. Por otra parte, aún no hemos podido desentrañar el misterio de paso de la materia inanimada a la materia autoconsciente. Somos polvo de estrellas, ciertamente, pero un polvo que es capaz de preguntarse e investigar por su propio origen.

Percival Lowell y los canales marcianos “construidos por seres inteligentes” (Science meets faith)
Las dudas de si estamos solos en el Universo se empezaron a plantear con más fuerza a raíz de la revolución copernicana del s.XVI: el hecho de que la Tierra dejara de ser, física y filosóficamente, el centro del Universo abre el campo a la idea de que si no somos especiales, podría haber otros mundos semejantes a este. En la última década del s. XIX, el profesor del MIT Percival Lowell defendió obsesivamente la idea de que las manchas oscuras y cambiantes de la superficie de Marte eran en realidad canales de agua construidos por seres inteligentes, los “marcianos”, a raíz de los primeros mapas de Marte obtenidos unos años antes por el astrónomo milanés Giovanni Schiaparelli. Igualmente, y ya en el s. XX, el premio nobel de Química de 1903, el sueco Svante Arrhenius apoya la idea de que Venus debe contar con una vegetación exuberante gracias a su densa capa de nubes, creyendo erróneamente que serían nubes de agua como las terrestres, y no nubes sulfúricas tan densas que además convierten al planeta en el de superficie más caliente del sistema solar, a cientos de grados. Pero a pesar de las decepciones causadas después por un mejor conocimiento de Marte y Venus, la estadística nos sigue hablando de una alta probabilidad de vida en el Universo. Pero como expresó ya en 1950 en su célebre paradoja Enrico Fermi, premio nobel de Física en 1938, “¿dónde están todos?”. Si hay miles de millones de estrellas en la galaxia similares al Sol, y muchas de ellas mucho más viejas, con mucha probabilidad algunas tendrán planetas parecidos a la Tierra, y si ésta es un planeta típico, algún otro podría haber desarrollado vida inteligente. Alguna civilización habrá desarrollado sistemas de comunicación o incluso de viaje interestelar. ¿Por qué entonces aún no nos hemos encontrado con ellos?










