Desde antiguo la humanidad encontró en el cielo unos astros muy especiales: había unos cuantos, cinco en concreto, que además de brillar bastante y con un brillo variable, no estaban quietos en la esfera celeste: pasaban de una constelación a otra. Si tenían la “libertad” para moverse que no tenían las estrellas, debían ser poderosos y libres: serían dioses. Esos dioses al parecer eran vagabundos entre las estrellas, errantes, o como se dice en griego: “PLANETAS”.
Un ejemplo de su presencia en nuestros días lo tenemos en cómo denominamos todavía hoy y en muchos idiomas a los días de la semana, con nomenclaturas basadas en los nombres romanos del Sol, la Luna y esos astros errantes que son visibles a siempre vista, a su vez nominados en honor a diversos dioses romanos (Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno).

Mosaico de la Casa del Planetario (Itálica, Sevilla), mostrando los dioses asignados a cada día de la semana